Siguiendo en la búsqueda del dorado.

En menos de dos meses se ha desatado otro  sentimiento de inconformidad dentro de la comunidad ambientalista y en la opinión pública  en general. El río Caño cristales, conocido mundialmente como el río de cinco colores, el río más hermoso del mundo, puede ser afectado por residuos de extracción petrolera. Un paraje natural ubicado en Colombia de un atractivo escénico inimaginable puesto que durante los meses de julio hasta noviembre algas de diferentes colores renacen dentro del lecho del río y bailan al tranquilo vaivén de su corriente.  Semejante joya  natural y sus alrededores se encuentra en la mira para la extracción y aprovechamiento no de su potencial ambiental y escénico, sino para algo mucho más corriente que no se encuentra tan  a simple vista; petróleo.

Aunque La Agencia Nacional de Licencias Ambientales (ANLA) del gobierno colombiano proclama que el sitio de extracción no se encuentra en las inmediaciones del río, si es probable que se generen ciertas afectaciones asociadas a contaminación  puesto que los nacimientos de Caño Cristales tales como Guayabero, Duda y Lozada se encuentran cerca de la zona de extracción. Fue tanto el repudio de la comunidad nacional e internacional sobre el hecho que el Gobierno Colombiano decidió suspender la licencia de explotación a la empresa norteamericana Hupecol  hasta que se “garantice protección medioambiental de Caño Cristales y área de influencia”.

Dijo el mandatario Colombiano Juan Manuel Santos. Con  el hashtag #LaMacarenaNOseToca, en redes sociales  las personas se sumaron a la oposición frente a un hecho que muestra claramente como la explotación de recursos mineros y energéticos puedes ser mas trascendentales que la conservación del patrimonio natural y mundial. Lo del caso de río Caño Cristales en la reserva natural la macarena es una muestra visible de que la leyenda del dorado permanece todavía viva en América Latina donde hay que llegar a los lugares más remotos y paradisíacos con tal de saciar la necesidad de oro u oro negro ahora en tiempos modernos.

Pero no solo Colombia se vive con dicha situación, los demás países latinoamericanos también llevan la leyenda del dorado a cuestas. Según el Banco Mundial y la CEPAL la minería se destaca como uno de los sectores con mayor empuje en Latinoamérica. Es tan importante la explotación de productos mineros y energéticos para la región que la mayoría de la inversión en proyectos de exportación minera en el mundo la ocupa América Latina. Según el Observatorio de Conflictos mineros de América Latina OCMAL, el 27%  de la inversión minera  la ocupa la región muy por encima de África, Asia, Oceanía  u otra región del mundo.

La expansión territorial de la minería y demás productos energéticos sigue en aumento, cada día.   Empresas mineras e inversores extranjeros siguen buscando nuevos y más remotos lugares para seguir saciando el metabolismo humano. Paramos, reservas naturales, zonas coralinas, pueblos  enteros y selvas están en la mira de trasnacionales en búsqueda de “riquezas”.

Es tanto el impacto de la minería en la región que OCMAL ha detectada 210 casos de conflictos minero en toda América Latina. Conflicto asociado a la pérdida de la autonomía de las poblaciones dentro de sus territorios y la perdida de potencial ambiental por la explotación de dichos recursos como hídricos, pesqueros y agrícolas.

Cierto es que en un mundo globalizado como el de ahora sería casi una utopía parar la minería. Actualmente dependemos totalmente de esta actividad puesto que las computadores, celulares, carros y demás avances tecnológicos que usamos necesitan de la extracción de productos mineros y energéticos para saciar el mercado mundial, pero la reflexión  que me gustaría traer es ¿Que tan sabio sería el de agotar todo nuestro patrimonio natural para saciar nuestro consumo desmedido de tecnología actualmente?, ciertamente es una discusión que tarde o temprano la humanidad tendrá que afrontar, puesto que como todos sabemos los recurso planetarios infortunadamente son limitados.

Artículo por: Administradora ambiental, Natalia Bermúdez